Me acuerdo de cada volado de tul naranja que me hacía picar el cuerpo, pero que no me importaba porque yo bailaba feliz con mis pequeños pasos por el living de mi casa, sobre el viejo parquet que mi mamá tanto amaba encerar y yo disfrutaba resbalar sobre él. Me acuerdo de cada lentejuela que ella encontraba desparramadas por el piso, o pegadas en las plantas de mis pies siempre descalzos, producto de moverme tanto con mi vestido favorito. Me acuerdo de los pocos momentos en donde no tenía puesto mi disfraz amado, porque lo cambiaba por otro de mi baúl especial. Ese mismo que descansaba debajo del oso panda gigante que le hacía de guardia a todos mis juguetes y vestuarios coloridos en mi habitación de la planta de arriba de casa. Me acuerdo mis siestas interrumpidas y mis rulos despeinados para conectar el micrófono de cable al equipo de música de la época, y así decretar horario de karaoke antes de la hora de la infaltable merienda. Esa delicia de menú fijo de chocolatada con vainil...