Me acuerdo como si hubiesen pasado hace poco, los inviernos en que visitaba la costa con mamá y papá. Casi siempre, el destino era Mar del Plata para visitar a mi familia, y la gracia era básicamente, pedir ñoquis con mi primo, ir a pasar el día a Sierra de los Padres, correr en la playa alrededor del puesto de guardavidas, y encontrar las llaves que mamá perdió en la arena. De los asados de mi viejo, nunca nadie se quejó. Hoy se lo extraña para brindar, y hasta para jugar al tejo. Creo que por esa costumbre anual, del calor de la familia, el roce del viento costero frío en la cara, unos mates en el bosque junto a una canción en la guitarra, y ese olor a mar rodeado de paz, es lo que me hace sentir como propia, la estación del invierno y mi lugar de escape seguro.